Trazabilidad antes que velocidad
Cada caja, álbum o sobre recibe un identificador estable antes de tocarse. Ese código viaja con el material durante todo el proceso y evita que una imagen quede huérfana en una carpeta sin contexto.
Normas de descripción archivística, esquemas de metadatos y pautas de conservación preventiva que aplicamos a escala doméstica, sin certificar piezas ni tasar colecciones.
Estas son las dudas más frecuentes cuando una familia o un coleccionista se acerca por primera vez. Las respuestas son directas, sin vueltas legales.
Nos guiamos por criterios de descripción archivística, esquemas de metadatos y pautas de conservación preventiva que se usan en archivos y museos, adaptados a escala doméstica. No emitimos certificados ni tasamos piezas: aplicamos esas referencias como método de trabajo para que cada carpeta, caja o álbum tenga un identificador, un inventario legible y una ficha con fecha, soporte, estado y ubicación.
Antes de escanear definimos qué campos tiene sentido completar según el material. En fotografías suelen bastar fecha aproximada, personas identificadas, lugar y una nota breve de contexto. En documentos sumamos tipo, emisor y asunto. La idea es que el conjunto de campos se sostenga en el tiempo y no quede a mitad de camino.
Recomendaciones sobre temperatura, humedad, luz y manipulación: dónde guardar los originales, con qué materiales, cómo tomarlos sin dañarlos y qué evitar. No intervenimos piezas frágiles sin evaluación previa y siempre acordamos con la familia o el coleccionista qué se toca y qué no.
Trabajamos con el principio de tres copias en soportes distintos. Además de generar los respaldos, abrimos archivos al azar para comprobar que se leen, y dejamos documentada la ubicación de cada copia y las contraseñas asociadas. Un respaldo que nadie puede encontrar no sirve.
Todo el trabajo parte del consentimiento de quien entrega el material. No publicamos ni compartimos imágenes sin autorización expresa. Los criterios de manejo de datos están detallados en la política de privacidad y las condiciones generales en los términos.
Sí. Lo habitual es arrancar con una parte y sumar el resto a medida que aparece. La primera revisión sirve justamente para ver qué hay, en qué estado y con qué criterio conviene ordenarlo. Si querés coordinar esa instancia, podés escribirnos desde contacto.
No trabajamos con promesas grandilocuentes. Trabajamos con criterios que se pueden revisar, explicar y repetir. Cada decisión sobre una fotografía, una carta o un negativo queda registrada en un inventario que la familia puede leer sin conocimientos técnicos.
Cada caja, álbum o sobre recibe un identificador estable antes de tocarse. Ese código viaja con el material durante todo el proceso y evita que una imagen quede huérfana en una carpeta sin contexto.
Fecha aproximada, personas identificadas, lugar y una nota breve. Nada más. Un conjunto chico de campos usado con constancia encuentra una foto entre miles mucho mejor que una ficha extensa que nadie completa.
Aplicamos pautas de temperatura, humedad, luz y manipulación adaptadas a un placard doméstico. No restauramos piezas ni las tasamos: recomendamos cómo guardarlas para que lleguen enteras a la próxima generación.
Tres copias en soportes distintos y una revisión anual abriendo archivos al azar. Guardar no es respaldar. La diferencia se nota el día que un disco deja de girar.
El material no sale del circuito acordado sin consentimiento explícito. Definimos por escrito qué se digitaliza, qué se comparte y qué queda solo en manos de la familia.
Ninguna intervención empieza sin mirar el material. El estado del soporte, la urgencia y el volumen definen el plan. Si algo no conviene hacerlo, lo decimos antes de empezar.
Estos criterios se apoyan en normas de descripción archivística, esquemas de metadatos para fotografías y documentos, y principios de respaldo 3-2-1, adaptados a escala doméstica. Podés ver cómo se aplican en un caso concreto en el método de catalogación de negativos o escribirnos desde la página de contacto.